"El jardín
y el árbol figuran en primer término
en nuestra Historia Sagrada."
"Todo indica que el hombre se ha percatado,
desde las épocas más remotas, de
que ciertas plantas tenían ciertas propiedades
y de que sus flores y hojas olían bien.
Ha tratado de apoderarse de esos olores, que lo
atraían y a veces vivificaban. Como en
tantos otros capítulos, las religiones
tomaron la delantera: en las ceremonias religiosas
de los pueblos primitivos se utilizaban los perfumes.
Se ofrecen a los dioses como testimonio de veneración.
Y cuando en vez de los dioses plurales llega nuestro
Dios singular, los Reyes Magos le llevan al establo
donde se cobijaba la mirra y el incienso. Es decir,
un poco de resina, el mundo del mundo vegetal:
su olor."
"Conversando con un profesional del arte
de la jardinería y habiéndole preguntado
en distintas ocasiones, sin recibir respuesta
satisfactoria, si tal o cual variedad de tal o
cual planta tenía perfume, acabé
un día por enterarme de que su falta de
interés por los olores vegetales provenía
de que había perdido el olfato. Me lo declaró
sin darle importancia."
"Volviendo a la flor, antes de pasar al olfato,
es curioso comprobar que algunas, al marchitarse,
exhalan un olor repugnante a descomposición
(la madreselva, sin ir más lejos), mientras
que otras, las rosas, el capinillo, las diamelas,
la alhucema, tienen una muerte perfumada. Las
hojas secas de ciertas flores, sabiamente combiandas
como acordes de olores, se venden en las mejores
perfumerías del mundo con el nombre de
pot-purri."
"Yo creo que el jardín de nuestros
padres tenía que oler bien el día
en que se humedeció la tierra entera, el
séptimo día. Cuando el nacimiento
de Adán y Eva era cuestión de minutos.
Y me parece imposible separar el placer visual
de los jardines del placer de los olores."
"En Río de Janeiro, en Dakar, he tratado
sin éxito de averiguar el nombre de árboles
que parecían, por su abundancia, muy comunes
en esas regiones. Cierto es, también, que
durante años no supe el nombre del árbol
más extraordinario que crecía (aún
existe) en la quinta de mi abuela, en San Isidro.
Cuando me molesto este no poder nombrarlo, mi
madre ya había muerto y los jardineros
no pudieron informarme. Por casualidad, alguien
me dió una pista que seguí. Se trataba
de una Dammara australis (grupo
de las araucarias). Tal descubrimiento me causó
una satisfacción que traduje en un artículo."
"La verdad es que no se trataba de "conocimientos"
botánicos, sino de "reconocimiento".
¿Cómo no iba yo a reconocer un árbol
que había crecido junto conmigo en una
quinta de San Isidro? Sólo en mi madurez
caí en la cuenta de que era una sequoia
sempervirens. Pero me sabía de memoria,
desde hacía años, ese árbol
cuyo nombre ignoraba. Lo plantaron justamente
entre dos ombúes cuyos troncos acogedores
sirven para toda clase de juegos y alpinismos
infantiles. Hasta se puede sospechar que no sólo
se prestan a esos juegos sino que los comparten."
"Se trata de otra forma de belleza que tiene
asiento en el mundo vegetal, pero en que influye
el hombre: los parques y jardines. No existe excusa
valedera para no encontrarnos ya en primera fila
en lo que atañe a este arte. Nuestra tierra
ofrece toda clase de climas, y en muchas regiones
se dan, además de las maravillas autóctonas,
las que nos traen de distintos parajes."
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