Victoria fue una lectora apasionada y voraz que formó una imponente biblioteca personal de casi 12.000 volúmenes, hoy parte esencial de su legado.

La biblioteca de Villa Ocampo refleja la educación literaria y sentimental de su dueña y las estrechas relaciones que mantuvo con obras y autores a lo largo de su vida. Uno de los rasgos que definen a la lectora Victoria Ocampo fue su capacidad para combinar la frecuentación de los clásicos iniciada en su infancia con una curiosidad intelectual siempre renovada. Así, en su biblioteca conviven recopilaciones de mitos con novelas policiales francesas de la Serie Noire ; los Seminarios de Jacques Lacan dedicados de puño y letra por su autor, con las obras completas de W. H. Hudson; la edición original del Manifiesto del surrealismo de André Breton con una nutrida colección de sherlockiana .

En su conjunto, la relevancia de la biblioteca de Villa Ocampo reside en dos aspectos fundamentales. Por un lado, en ella se encuentran los volúmenes leídos a lo largo de los años, buena parte de ellos anotados y subrayados por su dueña, a partir de los cuales pueden reconstruirse las etapas de su itinerario intelectual. Los libros eran para Victoria Ocampo objetos serviciales que invitaban al diálogo, que se ofrecían a la admiración o a la censura, nunca a una contemplación reverencial. De ahí la abundancia de apuntes manuscritos en sus márgenes o en sus guardas, testimonios que revelan la intensidad de su lectura. Esos marginalia retoman una conversación interrumpida con el autor, rectifican un dato, matizan o censuran una opinión, dicen una palabra callada en otros ámbitos. Por otra parte, las dedicatorias autógrafas que contienen muchos de esos volúmenes aportan información valiosa para interpretar la relación personal entre la dedicataria y el dedicatario. Algunas adquieren, por su extensión y su tono, el rango de una carta –como las cuatro paginas autógrafas de St. John Perse en uno de sus libros de poemas; otras pueden considerarse obras de arte en sí mismas –como los dibujos de Rafael Alberti. No pocas de ellas, como las de Graham Greene, Caillois, o Drieu la Rochelle ayudan a iluminar el vínculo afectivo o sentimental que unió a Victoria Ocampo con cada uno de ellos.