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Por Ivonne Bordelois

Ha sido lugar común en la crítica literaria imaginar a Victoria impulsando con típica dedicación femenina el grupo que la acompañaba en Sur, antes que inclinarse sobre su propia obra y examinar la curiosa y dolorosa tensión que existió en ella entre la creación y el estímulo a la obra ajena. Si Victoria aparece en el momento en que el feminismo —en que ella activamente participó— otorga mayor estatura a la mujer, es cierto también que ahora como entonces se siguen escogiendo para la mujer, preferiblemente, los roles nutricios antes que los creativos. Las mujeres preparan el terreno en que los escritores crean, mientras no amenacen con ser una de ellos o sustituirlos: éste es el mandato que Victoria escucha imperiosamente a su alrededor. Lo curioso es que esta visión reduccionista de su persona y de su obra se prolonga hasta nuestros días entre los más progresistas de nuestros críticos.

El hecho de que a veinticinco años de su muerte no haya ningún estudio de un texto tan notable, no sólo en la obra de Victoria sino en la literatura argentina del siglo XX, como La Rama de Salzburgo, donde narra su relación con Julián Martínez, es revelador. Victoria escribe desde la pasión misma, reconstruyéndola con un lenguaje único, en una tradición curiosamente carente de grandes y creíbles protagonistas amorosas. Es interesante notar que cuando Bioy y Borges, encumbrados detractores de Victoria como escritora, se reúnen luego de su muerte para una suerte de balance póstumo, ambos deben reconocer la vigencia de este texto tejido de fuego, de luz y de lágrimas.

La misma Victoria señalaba con humor que todos sus libros eran póstumos, admitiendo el poco peso adjudicado a su obra. Todavía estamos en deuda: poco ha aparecido en el país acerca de ella, fuera de las glosas que han merecido sus Testimonios. Una tenaz indiferencia rodea la obra de esta mujer a la que dijo Gabriela Mistral: "Desde que leí su primer libro, supe que Ud. entraba en la escritura literaria con cuerpo entero." Y fue Gabriela quien se inclinó sobre el eterno vaivén de Victoria, que disgregaba sus dones y se sustraía a su misión más profunda. Sus cartas transparentan el afán por una Victoria más recogida y concentrada, menos amenazada por los poderes de su propia generosidad: "Continúe lo que Ud. comenzó. Dios mío, Ud. tiene para dar de comer al alma de los pueblos. Ud. es tremendamente rica; Ud. puede hacer lo que quiera del lugar —físico o moral— en el que hinque, al que arribe. Pero hinque, quede, no viaje, no veleidee, no se canse, no se niegue, no renuncie".

Arrinconada como musa o empresaria, como traductora o mecenas, como entrevistadora o escuchante privilegiada, como amante de alto vuelo o amiga solícita para todo accidente doméstico que perturbara a sus ilustres amigos, desde el alojamiento digno de Rabidranath Tagore hasta los zapatos de Paul Valéry, Victoria no deja de escribir incansablemente. Escribe como viajera deslumbrada y deslumbrante, como autora y actriz, como observadora infatigable de la naturaleza y de los insectos humanos que tantas veces la fastidian. Como lo dice espléndidamente Martínez Estrada, atraviesa como una rama dorada la selva donde habitan las panteras y los leopardos.

Escribe no sólo artículos y libros sino, además de sus Memorias, infinita cantidad de cartas, que en volumen superan todo el resto de su obra. Sin ambición pero con una notable tenacidad, con instinto inflexible, Victoria escribe rodeada de silencio. Generosa como es, no deja de clavar un estilete agudísimo en las grietas de los gloriosos. Son memorables sus despiadadas instantáneas acerca de los genios y candidatos a genio que la rodean:

“Lacan me pareció un pequeño Napoleón”;”Ravel parecía ignorar a Ravel”;”Borges no se merece el talento que tiene”; “Noailles era una mezcla de cisne y de serpiente”; “Simone de Beauvoir, que me dictaba clase sobre el feminismo de Virginia Woolf, no conocía Tres Guineas.” Y esta auto-radiografía de su relación con Caillois cuando le escribe: "Tal vez no sabes aún la extensión del dominio que hemos cultivado. Tú también me has dado cosas. Quizás no las que yo esperaba. Los dioses me han protegido”.

Si estas memorables definiciones han pasado al olvido es porque se reduce a Victoria al rol de la admirante perpetua, de la consoladora inigualable, de la amiga abnegada e incondicional. El hecho de que todas estas virtudes, que en ocasiones encarnó, no empañaran su poderosa capacidad crítica, tan lúcida como fulminante, desmiente la imagen consabida de una Victoria amistosa hasta la ingenuidad. Pero está llegando, felizmente, la hora de rescatar los dones críticos de una mujer que sabía mucho más de literatura que de teorías literarias y de generosidad más que de deconstrucción.