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Un cubo blanco y
austero, de terrazas al sol y al mar, así
describió alguna vez Victoria Ocampo la casa
que construyó hacia 1927 en Mar del Plata,
el balneario más elegante de la época.
Una arquitectura que desde sus comienzos se erguiría
como una de las primeras casas modernas de la Argentina.
Para Victoria son años de intercambio cultural
y de nuevas relaciones (Keyserling, Ansermet, Le
Corbusier). “Años de búsqueda
pero también de afirmación”,
describe Ernesto Katzenstein. Pero la nueva arquitectura
pronto escandalizó a la sociedad marplatense
que se refugiaba en sus caserones neo-tudor. Y según
cuenta Victoria durante los primeros meses la casa
se vio asediada por bandas de curiosos que llegaban
en excursión a ver “la casa más
fea de la ciudad” y tocaban el timbre para
preguntar si eso era una fábrica o un establo.
Victoria —como era su tendencia— se
fortaleció ante las críticas y se
dispuso a construir una segunda casa, esta vez en
Buenos Aires. La casa de Rufino de Elizalde en Palermo
Chico —hoy propiedad del Fondo Nacional de
las Artes— sería según el arquitecto
Fabio Grementieri, su “verdadera tesis”.
Sin molduras, ni cornisas, sin adornos, ni aditamentos,
de muros blandos y lisos, la casa apareció
como una conquista de masas y proporciones. Le Corbusier,
luego de su paso por Buenos Aires en donde visitó
la casa, escribió en Un Etat de l’a
architecture et de l’urbanisme: “...
hasta ahora ella solamente ha hecho el gesto decisivo
en arquitectura, construyendo una casa que hace
escándalo... encontré en casa de Victoria
Ocampo obras de Picasso y Léger en el marco
de un purismo que raramente he visto hasta ahora”.
Nuevamente el barrio se opuso a la construcción.
Creían que desentonaba con sus mansiones
calcadas de Europa. Pero Victoria los desoyó.
Waldo Frank, sensible a este nuevo espacio, escribiría:
“En este conglomerado de elegancias prestadas,
y levantada por una clase demasiado joven aún
para dejar hablar públicamente a su corazón,
se ve una casa sencilla, espalda con espalda del
palacio retórico de la Embajada española.
Es como un rayo de sol brillando en un lugar de
felpas y de sedas. Las paredes de esta casa son
ladrillos blanqueados. Las ventanas son apaisadas
y ocupan íntegramente las paredes. Estrechas
en el primer piso y más anchas a medida que
ascienden la fachada. En el metal gris de las puertas
se destaca una aldaba de bronce y la verja que rodea
la casa está flanqueada por cedros. Cuando
en verano se levantan del todo las ventanas, los
cuartos se convierten en pórticos. No hay
cuadros. En el comedor, una antigua mesa inglesa
de caoba sostiene un vaso de barro con un cactus
pequeño”.
La dueña de casa no se cansaba de explicar
que había querido hacer entrar en las habitaciones
al cielo y a los árboles, que había
querido espacio, paredes blancas y desnudas, “un
fondo tan neutral y tan claro que el color de la
cubierta de un libro, el amarillo de un sombrero
sobre la mesa, una flor en un vaso, una mancha de
cielo azul reflejada en el espejo, fuesen de pronto
una fiesta para los ojos…”.
El interior —el que Le Corbusier admiraría
por la facilidad y gracia con que Victoria había
resuelto “la aventura del mueble”—
tenía una mesa de caoba en el comedor, un
tapiz de Picasso, otro de Léger, un piano,
y libros dispersos por todos lados. No había
objetos inútiles. Las cosas estaban colocadas
de acuerdo al uso que se les deba, exactamente como
explicó Victoria en su Autobiografía
VI: “desde el momento en que un mueble
está colocado sin sentido, molesta”,
y agregó: “el amueblamiento de los
cuartos es algo que siempre me ha fascinado. La
simpatía o la antipatía que los cuartos
pueden inspirarme es violenta. Casi física.
Como un clima. No se trata de un porcentaje de lujo
o de objetos de valor artístico y monetario
que puedan tener, sino ante todo, de una armonía
sutil... para mi felicidad es necesario que un sillón
Luis XV sea un sillón Luis XV, que una silla
de cocina o una mesa de caña sean una silla
de cocina y una mesa de caña…”.
En sus casas de Mar del Plata y Buenos Aires, Victoria
dejó entrar así, con su visión
clara y certera, y su voluntad de hierro, a la modernidad
arquitectónica a la que tan fervientemente
se oponían a principios de siglo los argentinos.
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