“Victoria Ocampo
ha influido poderosamente en la música argentina,
ya fuese desde su cargo como miembro del directorio
del Teatro Colón, ya por su apoyo incondicional
al grupo Renovación”, escribió
Jorge D’Urbano. La música llegó
a la vida de Victoria cuando ésta era apenas
una niña. Fue su tía Mercedes, que
había estudiado música en París
y solía tocar el piano en Villa Ocampo, quien
le hizo escuchar por primera vez la música
de Chopin. La niña se conmovió hasta
el delirio: “Me parecía que esa música
me oprimía el corazón hasta cambiarle
de forma. O tal vez, al contrario, que lo ceñía
hasta descubrirle su forma, en un doloroso placer”.
Después se entusiasmaría con Fauré
y Debussy. Cuando algún familiar moría,
era tradición en la familia Ocampo cerrar
el piano con llave por unos días. Victoria
no encontraba sentido a semejante prohibición,
para ella la música “era el refugio
natural para esos momentos”.
En 1924 llegó el director Ernest Ansermet
a Buenos Aires y Victoria se dedicó afanosamente
a persuadirlo de que se quedara en la ciudad para
trabajar con la Asociación del Profesorado
Orquestal (APO) a la cual ella ayudaba económicamente.
Entonces, “por primera vez, el público
nuestro pudo oír no sólo a Ravel y
a Debussy sino a Prokofiev, Honegger, Stravinsky,
Falla, Malipiero…” relata M. E. Vázquez
en su biografía sobre Victoria. En el estreno
de El rey David de Honegger, Victoria interpretó
en francés y en perfecta dicción el
papel de recitante. Volvió a hacerlo años
después en la Perséphone
de Stravinsky. En 1930 visitó Nueva York,
Victoria quedó asombrada por la pasión
espiritual de la cultura negra y se pasó
las noches de su estadía yendo al Cotton
Club para oír a Duke Ellington. A mediados
de los sesenta, de regresó de Londres, Victoria
llegó de lo más entusiasmada con unos
muchachos que según ella iban a marcar una
época: eran Los Beatles.
Fotografías: Igor Stravinsky; Arthur Rubinstein.
Colección Villa Ocampo
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