Existe una fotografía de Victoria Ocampo donde se la ve cruzando la bocacalle, altiva, y desafiando el tráfico. Lleva pantalones y un tapado de piel. Porque Victoria, amante de la moda, buscaba la comodidad ante todo y desafiaba las costumbres absurdas del resto de las mujeres de la época que creían que los pantalones eran aún cosa de hombres.

Sylvia Marlowe recuerda que un día por los años cuarenta, Victoria salió a almorzar en Nueva York con el editor Alfred Knopf pero cuando llegaron al restaurante elegido, el portero los paró en la puerta y les negó la entrada: esgrimió que la dama llevaba pantalones de franela. “Ella siempre parecía viajar sin polleras”, recuerda Marlowe.

Pero las posturas feministas de Victoria no le impedían admirar a Coco Chanel. De paso por París solía hacerse una escapada a la Maison Chanel para encargarse algunos trajes y en su Autobiografía describe con precisión el traje Chanel que usó en su primer encuentro con Keyserling en París: “tailleur azul marino, pulóver azul, rosa y marrón”.

Victoria, que admiraba y compartía la defensa por los derechos de la mujer de la escritora Susan Sontag, disentía con la norteamericana en este único aspecto. Sontag sostenía que los mandatos de la moda eran una absoluta frivolidad y aconsejaba a las mujeres a no preocuparse por su aspecto físico. Victoria reflexionaba entonces: “sería una pena que nos privaran del espectáculo de una mujer vestida con buen gusto”.