Poeta
y filósofo indio, Rabindranath Tagore contribuyó
a estrechar el entendimiento mutuo entre las civilizaciones
occidental e india con una obra profundamente
religiosa, impregnada por su amor a la naturaleza
y a su tierra. En 1913, recibió el Premio
Nobel de Literatura, hecho que contribuyó
a la difusión internacional de su obra,
y en 1915 el rey Jorge V lo nombró caballero,
título al que el poeta renunció
tras la matanza de Amritsar en 1919, cuando las
tropas británicas mataron a 400 manifestantes
indios.
Victoria Ocampo leyó por primera vez el
Gitanjali de Tagore en una traducción de
André Gide de 1914 y habría de describir
esa lectura como su primer encuentro real con
el poeta. La obra de Tagore significó para
ella una intensa experiencia emocional que describiría
como los “poemas que me brindaban el don
de las lágrimas”.
Años más tarde, en 1924, Tagore
llegó al país de viaje hacia Perú,
a donde había sido invitado para presenciar
los festejos por el centenario de la Independencia
del país. Pero una “gripe traicionera”
—como la llamó Victoria— lo
obligó a recalar en Buenos Aires unos días
más de lo previsto para recobrar fuerzas.
Pronto los médicos le aconsejaron reposo
absoluto: una travesía en tren por los
Andes podía llegar a ser fatal para su
débil corazón. Victoria se presentó
en el Hotel Plaza donde se hospedaba el poeta
y le propuso que descansara en Miralrío,
una quinta en San Isidro a apenas unos pasos de
Villa Ocampo. En principio se acordó que
Tagore se quedaría allí una semana:
se quedó dos meses —noviembre y diciembre
1924— y nunca llegó a Perú.
El poeta se repuso en aquellas barrancas de San
Isidro, donde el aire estaba cargado del perfume
de las flores de mango y las rosas. Era un obsequio
que le hacía Victoria: “era lo único
que yo podía regalarle: el olor de la lluvia
sobre el pasto de la barranca, la sombra de una
tipa de flores amarillas, la inmensidad de ese
río sin igual, y jirones de nubes empujadas
por el viento”. Durante su convalecencia
Victoria le había regalado al poeta un
sillón de respaldo alto y duro y al fin
de la estadía ella insistió en que
se lo llevara consigo: el sillón hoy se
exhibe en Rabindra Bhavana en Santiniketan, India.
Durante esa larga travesía marítima
de regreso a casa Tagore escribió los cuatro
poemas Purabi.
Recién hacia 1930 Victoria viajó
a Francia y, al tiempo, fascinada por los dibujos
del poeta, le organizó una exhibición.
No volvieron a verse. Pero la mujer de cara oval
y ojos penetrantes que aparece en muchos de los
dibujos de Tagore pudo haber estado inspirada
en Victoria. Poco antes de morir el poeta escribió:
“No conocía el idioma de ella pero
lo que me decían sus ojos perdurará
para siempre, elocuentes en su angustia”.
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