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Victoria leyó por primera vez al conde Hermann Alexander Keyserling en un artículo aparecido en la Revista de Occidente en 1927. De inmediato se interesó por este excéntrico vitalista alemán, fundador de la Escuela de la Sabiduría, y sobre quien Ramón Gómez de la Serna llegó a decir que era “el último mito de Occidente”. Pronto entablaron una correspondencia que duró un año y medio, a través de la cual Victoria se entusiasmó con la idea de traer a Keyserling a Buenos Aires para ofrecer una conferencia. Ante las sucesivas negativas del filósofo, Victoria finalmente decide viajar a Europa para conocerlo. Pronto la admiración se volvería decepción. El encuentro se llevó a cabo en Versailles en el Hôtel des Réservois donde Victoria se hizo cargo de todos los gastos. Dicen que Keyserling perturbado ante la belleza y entusiasmo de la argentina, se propasó y que ella lo rechazó. Pero a pesar del mal trago, Victoria volvió a Buenos Aires a encargarse de los preparativos de la llegada del filósofo. Entonces todo fue de mal en peor: una vez arribado Keyserling se emborrachó en la recepción en su honor, fue grosero con Victoria a quien llamó “la india con flechas” y las relaciones entre ambos se volvieron tormentosas. Sin embargo en sus Memorias, el filósofo reconoce que frente a Victoria “había sentido esclavizado por la mujer más espiritual que había conocido”.