:;javascript
:;javascript
 
   
 
 
 
 

Waldo Frank, aquél puente entre las dos Américas, es un caso curioso de un escritor que goza de mayor prestigio en América del Sur que en su país. Y fue este norteamericano lúcido —así lo reconocería Eduardo Mallea en su Historia de una pasión argentina— de ojos azules audaces y bromas desbordantes el responsable principal de que Victoria pusiera en marcha Sur. En una carta clave de Victoria Ocampo al escritor, publicada en el número 1 de la revista Sur, ella escribió:

“Una tarde, hacia octubre de 1929, caminábamos juntos por Palermo. Había en el aire pesadez de tormenta y el olor de las rosas y de la tierra era compacto con la niebla; pero atravesábamos sin sentirla esa dulzura. Usted me reprochaba con violencia mi inactividad, y yo le reprochaba, no menos violentamente, que me supiera usted apta para ciertas labores. Entonces por primera vez, el nombre de la revista —que no tenía nombre— fue pronunciado… Nunca se me hubiera ocurrido por sí sola la idea de fundar una revista. Y creo que sin esa constante insistencia suya, capaz de sacudir mis dudas, no habría siquiera consentido en reflexionar al respecto… Durante la última semana de su estadía en Buenos Aires, el tema de la revista volvió constantemente a nuestras conversaciones. Sus argumentos tenían el aspecto de una ofensiva, y los míos el de una de esas resistencias pasivas que acaban con la tenacidad inglesa en la India… Llegó el día de su partida. Todavía no me había inclinado usted hacia ninguna decisión definitiva. Pero me había llenado, en cambio, de inquietudes, de escrúpulos, de proyectos. Esto era el alba de su triunfo.”