Jorge
Luis Borges, uno de los más brillantes
y polémicos escritores de América
Latina, tuvo a lo largo de su vida una relación
conflictiva con Victoria, de encontronazos y desencuentros,
pero donde al final siempre prevaleció
el respeto mutuo. Íntimo amigo del escritor
Bioy Casares, a quien había conocido en
Villa Ocampo, Borges tenía opiniones sobre
cómo dirigir Sur que muchas veces
se enfrentaban a las de Victoria. Sin embargo
el escritor encontraría en esta mujer una
amiga incondicional: Sur le dio a Borges
el lugar que le correspondía como escritor
argentino, publicando tanto en la revista como
en la editorial lo mas importante de su obra.
Luego, cuando el gobierno peronista lo removió
de su puesto en una Biblioteca Municipal, Victoria,
sin que Borges lo supiera, promovió su
candidatura a director de la Biblioteca Nacional,
auspició sus conferencias y se encargó
de las operaciones de ojos a las que el escritor
tuvo que ser sometido.
Borges solía llamarla Ayesha por el personaje
de Ridder Haggard que quería decir “la
que debe ser obedecida” y frecuentemente
ironizaba diciendo que luego de pasar veintiséis
días en la cárcel del Buen Pastor,
Victoria había cambiado su carácter
para bien. Sin embargo, y a pesar de las diferencias,
tras su muerte escribió: “Podemos
verla ahora. Antes la ocultaban las circunstancias,
las cosas del azar, cada día. Desde un
instante de 1979 la distancia mágica de
la muerte nos deja divisarla de un modo inmóvil,
eterno y singular... fue una mujer de Ibsen. Vivió
con valentía y decoro, su propia vida.
Su vasta obra, en la que abunda la protesta, no
condesciende nunca a la queja. Poseyó,
en grado sumo, `la gracia que no quiso darme el
cielo´, el don de la confidencia siempre
íntima y nunca indiscreta, que es el atractivo
esencial de sus Testimonios”.
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