|
|
|
|
|
|
| |
“A pesar de
sentirme ciudadana del mundo estaba profundamente
arraigada a mis barrancas sanisidrenses”,
escribió Victoria en 1976 recordando el jardín
de Villa Ocampo, sus caminatas diarias entre los
senderos perfumados por las madreselvas y sus tranquilas
lecturas a la sombra de los árboles. El trazado
original del jardín de Villa Ocampo fue,
al igual que la casa, obra de Don Manuel Ocampo.
Pero en ese entonces el jardín se prolongaba
desde la Avenida Libertador hasta el Río
de la Plata. En aquél frondoso espacio verde
—originalmente de 15 hectáreas y hoy
de 10.500 metros cuadrados y casi la mitad en barranca—
que inspiró a poetas y músicos pero
que por sobre todo vio crecer a Victoria, se extienden
árboles añosos, gigantescos ombúes,
robles, y araucarias. En ese entonces había
un enorme paraíso plantado por la misma Victoria
quien dicen solía armar con sus flores un
ramito color lila que prendía en la solapa
de sus trajes sastre. Enamoradas del muro, eucalyptus,
magnolias, un cedrón que se utilizaba para
preparar el té de su hermana Angélica,
jazmines del cabo y, lo que era el orgullo de Victoria,
una gardenia thumbergia de flores como fragantes
margaritas que perfuman el aire, crecen majestuosas.
Cuando Victoria aún no se había mudado
a Villa Ocampo y vivía en su departamento
de la calle Brasil junto a Julián Martínez,
solía cortar las thumbergias de Villa Ocampo
en grandes cantidades, les ponía algodón
húmedo en los tallos, y las envolvía
para llevar: “Llegaba, triunfalmente, con
esa carga a nuestra casa. Enseguida los cuartos
olían a jardín”.
La escalinata imperial de la casa vincula la galería
posterior —de columnas apareadas y balaustres—
con el jardín que se extiende detrás
de la casa y que baja hacia las barrancas. En su
centro una fuente circular, en eje con la escalera,
arroja agua con la displicencia de quien duerme
una siesta eterna. A los costados de la casa, entre
árboles, plantas rastreras y arbustos, se
conserva un antiguo aljibe de hierro forjado y una
estatua de mármol con la figura de una mujer.
Hacia el este, al borde del barranco, una glorieta
octogonal de cemento armado (aunque sus columnas
y barandas simulan ser troncos de árboles)
se alza sobre el río. Victoria creció
frente e este paisaje:
“En mis barrancas de San Isidro el río
era prolongación de otra cosa: del pasto,
del barro; prolongación de mis ojos, de mí
misma, sin más importancia que la de mis
tranzas que barrían el Cuaderno San Martín
a la hora del dictado”, escribió en
1965 en una nota aparecida en el diario La Prensa.
Tras la muerte de su padre Victoria heredó
Villa Ocampo y se dedicó a renovarla. Eliminó
la cancha de tenis y cambió el polvo de ladrillo
por grava molida grueso. Plantó especies
autóctonas, privilegiando las flores blancas,
los frutales, y los olores. Dos Santa Ritas en la
galería posterior y en un lado de la casa,
adornaban esplendorosas por entonces la casa. Y
las dalias que allí crecían eran su
orgullo, “¿Usted vio algo así
en algún otro jardín? le preguntaba
a los visitantes Victoria. Dicen que nadie se hubiese
atrevido a contradecirla.
El camino de carruajes que bajaba por la barranca
hoy está cortado por una calle y con los
años se ha transformado en un túnel
verde, con los adoquines cubiertos de hojarasca
y la luz colándose entre las ramas. Victoria
creció acompañada por esa naturaleza
paradisíaca y sus viajes por Europa la llenaban
de añoranza: “¡qué nostalgia!
¿Para qué viajar si uno lleva dentro
en germen toda la belleza del mundo?..cuando pienso
que allí es verano, que el jardín
está lleno de flores, que hay duraznos y
el cielo azul, me siento desgraciada, desterrada”.
En una enorme cantidad de escritos, Victoria dejó
testimonio de su amor y auténtica comunión
con la naturaleza.
|
| |
| |
|
|
|
|