Cantar Victoria

RECUPERACIONES Olvidada, maltratada por administraciones indolentes, intrigas de conventillo high class, robos e incendios, Villa Ocampo –la mansión de San Isidro donde Victoria Ocampo reunía a la cúpula de Sur, asilaba celebridades extranjeras y toleraba que Borges y Bioy se burlaran de todo– está en franca mejoría. Una nueva gestión avalada por la Unesco promete devolverle la vitalidad cultural de otros tiempos.

POR CECILIA SOSA


Hubo un tiempo en que fue hermoso. Un tiempo en que una casona Victoriana de San Isidro alojaba a la mas selecta cultura local y extranjera, el canon se dictaba desde sus contados sillones y en sus galerías y jardines se fusionaba vida y obra en una sola merienda. Eran épocas en que un mirador descubría un río sin cemento y barrancas por donde trepaban carruajes palpitando fines de semana de ensueño. Luego, ay, llegaron las sombras y la casa de Victoria Ocampo – ¿de quién, si no? – se cubrió de pastizales alimentados por turbias pulsiones locales e inoperancias internacionales. Veinticinco años después, la casa que albergó al grupo Sur –además de García Lorca, Stravinsky, Albert Camus, Indira Gandhi, Octavio Paz, por citar algunos nombres ilustres– volverá a abrir sus puertas. Y no con meras pretenciones museísticas. Bajo la gestión de Nicolás Helft, nombrado por la Unesco director ejecutivo del proyecto Villa Ocampo, la casa que soñó y construyó el arquitecto Manuel Ocampo en 1890, lejos de sacralizar el recuerdo buscará recuperar su lugar único dentro del paisaje cultural contemporáneo.

¿Cómo? En primer lugar, derrumbando mitos. Mientras gran parte del debate se concentró durante años en la cantidad y le valor de los libros, muebles y obras de arte que atesoraba la casa (debate que incluyó denuncias de robos, disputas por inventarios de bienes y ácidos cruces entre funcionarios, párrocos y señoras de doble apellido), la gestión Helft pretende encontrar un equilibrio, en todo caso algo mas mundano, entre el patrimonio “tangible” y el “intangible” del lugar. “Victoria nunca tuvo un respeto excesivo por su patrimonio, cuyo valor siempre fue magnificado. Si había algún mueble caro era casi de casualidad. Sí, en cambio, se preocupaba por la disposición del lugar, por el modo en que entraba la luz y porque los visitantes se sintieran cómodos”, dice Helft, doctor en Informática y estudioso de la obra de Borges.

Es que, al parecer, “la reina de las letras de Latinoamérica”, paradigma (acaso nunca superado) de chica y señora moderna, podía comenzar su día desayunando con Roger Caillois (con el que, en realidad, compartió algo más que desayunos), tomar el té ocn Coco Chanel y ver despuntar la madrugada en una charla íntima con Lacan. Pero Victoria Ocampo no era de ésas a las que se les caen los lentes –menos esos divinos, oscuros y de marcos blancos que luce en tantas fotos– por un vaso derramado sobre una alfombra o una rayita de más en la mesa. Para ella, como confiesa en su artículo “La aventura del mueble”, muebles y casas están para ser usados. Con ese espíritu, en 1973, siete años antes de morir, Ocampo aconsejada por su amigo André Malraux, decidió donar sus propiedades a la Unesco.

En busca de ese difícil equilibrio entre testimonio histórico y espacio de producción cultural avanza la gestión Helft, que se extenderá hasta octubre del 2005. Por un lado, el proceso de restauración de la casa, iniciado en octubre del año pasado, muestra claros adelantos: la fachada Este ya exhibe el color ocre-durazno que tendrá toda la casa, el jardín se ve verde y lozano y la fuente francesa, realizada por un artesano parisiano en el siglo XIX, lista para dejar correr sus aguas. En marzo del 2005, la planta baja y el parque se abrirán al público. Se podrá escuchar un concierto en el jardín preferido por Borges y Bioy Casares, visitar el comedor y la sala que hospedaron las discusiones más álgidas del grupo Sur y hasta deambular por el salón de música donde Stravinsky compuso una partitura para su anfitriona. Y si no usar, por lo menos echar un vistazo a esos baños que Manuel Ocampo, anticipando el furor del deck, decidió cubrir de madera para escurrirse sin resfríos después de un reparador baño de inmersión.

A mediados del 2005, la casa estará lista también para recibir a un público especializado (traductores, investigadores, etc.) que a la vieja usanza, se nutrirá convenientemente de nombres extranjeros. Respetando las jerarquías de entonces –se dice que solo los muy íntimos podían subir las escaleras–, el primer piso de Villa Ocampo estará orientado a la producción: allí se realizarán encuentros y seminarios, y funcionarán la biblioteca (con los 15 mil libros de su dueña) y un centro de documentación. En un último estadio (la reapertura se producirá en etapas), los invitados podrán aspirar a pasar una temporada en las habitaciones del segundo piso (“el mas afectado por el incendio de septiembre del 2003, aunque nada es irreparable”, según Helft), originalmente destinadas al personal de servicio. “La idea es que la gente pueda interactuar entre sí y con el lugar, que se debatan ideas, que la gente se inspire”, dice el director del proyecto, recordando el caso del poeta y filósofo indio, Rabindranath Tagore, Premio Nobel de literatura, que recaló en el país en 1924 (para curarse de una gripe traicionera), se quedó dos meses y terminó componiendo poemas sobre las barrancas de San Isidro desde Bengalí. Es más: se dice que su estadía fue tan confortable que, a su partida, Victoria le regaló el sillón de respaldo alto en el que pasaba sus tardes; Tagore no vaciló en desarmar las puertas de su camarote para llevárselo consigo en el barco. El sillón, hoy, se exhibe en un museo de la india.

Pero tampoco es cuatión de andar repartiendo muebles a modo de souvenirs. Se trata más bien, de intentar repatriar lo perdido. “Estamos rastreando el material que falta: hay muchos documentos en Harvard y en Princeton. La idea es ir a comprar algunas cosas y, si no se puede todo, por lo menos saber dónde están para facilitar el estudio”, dice Helft.

Ahora la casa está desierta –muebles, obras de arte, objetos, fotografías y la biblioteca esperan la reapertura en un depósito del viejo edificio del Correo Central–, un casero controla entradas y salidas, y un equipo de obreros trabaja sin descanso. Sin embargo, en cada cuarto parece vibrar todavía el eco de algún huésped ilustre. Si, como dijo Borges, Victoria tenía “el don de la confidencia siempre íntima y nunca indiscreta”, no parece haber lugar más propicio que éste para que ese raro talento siga perpetuándose.