Los príncipes de la Torre
7 DE SEPTIEMBRE DE 2010
" Cuando yo era chica me turbaba un cuadro del cuarto de mi madre: dos niños, vestidos de negro, sentados sobre una cama y, en la oscuridad del fondo, la amenaza de un crimen. Eran los príncipes encerrados en la torre de Londres, allá por el año 1483. También me impresionaba un cuaderno rosado, con un caballo en la tapa. En cuadernos como ése escribí mis primeros cuentos y las composiciones para la maestra. Ahora me parece que estoy haciendo un deber de colegio y el sol de noviembre que ilumina mi escritorio, en esta habitación tan distinta a la de antes, me templa el ánimo. ¿Por qué hay que escribir sobre lo que ya he escrito? Uno siempre es un discípulo. Ha nacido para aprender y seguir aprendiendo. Si alguien me hubiera dicho “Cuando seas más grande escribirás y llenarás papeles con letras”, no le hubiera creído; sin embargo, ya entonces, cuando me pidieron una composición sobre los principitos encerrados en la torre de Londres, me hubiera estremecido de emoción y sobre el papel blanco correrían las letras como lebreles apasionados por mi historia. ¿Podría yo ahora contar esa historia tan conocida y tan bella que creí escribir con los colores idénticos a los de las flores y de las nubes? Había un rey, creo que Enrique VII, que tal vez no era culpable: no sé si la idea del crimen se le ocurrió a un solo personaje o a varios. Pero si hoy día es tan difícil, en cuestiones políticas, determinar quién mató a quién y por qué, ¿qué sabemos de lo ocurrido en tiempos tan lejanos? Los principitos estaban durmiendo o casi dormidos. Golpearon a la puerta. Nadie abría, pero la puerta se abrió. ¿Y cómo mataron a los principitos? ¿Eran asesinos disfrazados? ¿Llevaban antifaces? Yo puse un tul sobre las caras de los príncipes. La maestra me preguntó: “¿Por qué les pusiste un tul?”. “Para que no vieran la muerte”, le contesté. La muerte tenía, a mi juicio, algo indecente. Los principitos morían, pero nada indicaba que habían muerto y esa omisión bastaba para darme esperanzas. A uno de ellos, que era más rubio que el otro, lo trataban muy mal. No le servían comida para no tener que matarlo con un horrible cuchillo. Nunca llegué a saber cómo murieron ". Silvina Ocampo (fragmento de un prólogo inédito a una antología de sus cuentos, c.1987.)
Grabado de Samuel Cousins en base a la pintura de Sir John Everett Millais, de 1878.














Los Anteojos de Victoria
10 DE AGOSTO DE 2010
Como el bastón de Borges o el monóculo de Mujica Lainez, los anteojos de Victoria Ocampo son efectos personales de la historia cultural argentina. Basta colocarlos sobre un sillón o sobre una pila de libros para evocar nítidamente a la persona a quien pertenecieron. En el caso de la fundadora de Sur, parecen haber estado sobre sus ojos desde siempre, a pesar de que los adoptó como marca de estilo hacia mediados de la década de 1940. Realizados en celuloide color marfil, con cristales verde oscuro, en el extremo de sus patillas rectas llevan grabado el nombre de la casa que los fabricó: Lugene, la óptica ubicada en Madison Avenue, Nueva York, que tenía como clientas a las divas de la era dorada de Hollywood, como Greta Garbo o Joan Crawford, Durante más de treinta años, Victoria Ocampo llevó pustos sus anteojos de noche y de día, bajo techo o al aire libre, en público o en privado. Este uso intensivo los convirtió en la parte más visible de su persona. A través de ellos eligió ver el mundo, pero también ser vista por el mundo.
Los anteojos de Victoria Ocampo forman parte del archivo la Fundación Sur, actualmente depositado en Villa Ocampo.